domingo, 12 de agosto de 2018

Macron: ni de merengue, ni con almendras

El 17 de junio pasado, en una ceremonia con motivo del 78 aniversario del mensaje de De Gaulle a los franceses para que resistieran ante los nazis, se produjo un impasse entre el presidente francés y un adolescente.  El joven saludó cariñosamente al mandatario con un —“¿Cómo estás Manu?" empleando el sobrenombre con el que se le conoció durante la campaña.

El apellido del presidente me recuerda siempre a esos dulces conocidos como “Makronen” en alemán y  “macarons” en francés: una especie de merengue con pasta de almendras,  relleno de crema. Mi asociación no es extraña:  el presidente de Francia es joven y buenmozo y, además, lo acompaña la historia de amor con su mujer, su maestra, mucho mayor que él. En fin,  una historia de confitería.

Pero el presidente increpó al joven diciéndole, palabras más, palabras menos,  —“No, no, no. Si estás aquí, en una ceremonia oficial, debes comportarte. Puedes hacerte el gracioso, pero hoy cantamos la Marsellesa y la Canción de los Partisanos, así que me dices Señor Presidente o Señor”. Y prosiguió: —”Cuando quieras hacer la revolución obtén un título y aprende a alimentarte por tí sólo, ¿sí? Luego das cátedra al resto, ¿De acuerdo?”

Su gesto con el dedo  es acusador. La cara del joven es probablemente la que pone cuando lo regañan sus padres: esconde la vergüenza con una sonrisa. El video, no está de más recordarlo, se hizo viral. Unos tildaron al presidente de arrogante, otros lo defendieron. El episodio me ha dado qué pensar desde entonces.

Cabe señalar que  Macron fue claro en su mensaje: él es el presidente de Francia. En un día en que se celebra justamente  la unidad de la nación contra la ocupación extranjera, los valores republicanos se vuelven centrales y se dejan de lado las consideraciones democráticas igualitarias. Ese día se celebra el orden, el poder de las instituciones, el valor de los ciudadanos al defender la patria. La campaña ha quedado atrás.

En las campañas políticas prevalecen los sentimientos de conexión, los sentimientos afectivos. Los políticos apelan a las emociones de sus votantes con quienes quieren generar cercanía. Al cesar la campaña, la conexión da paso al poder. Entonces vale  la estructura del gobierno, el posicionamiento de los personajes según sus cargos, la jerarquía. El candidato deja de serlo para convertirse primero en el presidente electo y luego en el presidente. Lo importante ya no es su nombre como ciudadano, mucho menos su apodo, sino su título.

El joven no pretendía, a mi modo de ver, hacer la revolución. No creo que hubiera ninguna mala intención de su parte, y eso, en mi opinión, no lo entendió el presidente. El adolescente tampoco estaba usurpando libertades de los adultos que le valieran el recordatorio de que todavía era un imberbe alimentado por sus padres. No creo que tratara  de usurpar ninguna posición, ni de provocar un levantamiento. A mi modo de ver, el muchacho se dejó llevar por la simpatía que sentía por el personaje del político; quién sabe si también le pegó un olor a almendras.

Hubo una confusión de contextos, de marcos comunicativos. El joven manejaba el marco emocional de la conexión; el presidente, el marco jerárquico del poder. El uno vivía un momento democrático, el otro sostenía el mensaje republicano.

El metamensaje de Macron es precisamente ese: ya no estamos en campaña, ahora soy el presidente. La relación entre nosotros no es ya de conexión emocional, sino jerárquica: yo soy el poder, yo mando. En una ceremonia patriótica se celebra el pasado glorioso del país, su historia. A todos nos une ese pasado, siempre y cuando celebremos el ritual juntos. Con ese ritual construimos nuestro mundo común, nuestra nación.

Una dura lección. Ojalá le sirva a Francia.




No hay comentarios:

Publicar un comentario

Macron: ni de merengue, ni con almendras

El 17 de junio pasado, en una ceremonia con motivo del 78 aniversario del mensaje de De Gaulle a los franceses para que resistieran ante los...