jueves, 24 de mayo de 2018

Dignas, pero de pie

El ómnibus se detuvo cuando nos vio caminando apresuradamente; no podíamos correr. Todavía estábamos lejos. Mi hija empujaba el cochecito de su recién nacida y yo llevaba de la mano al nieto, recién salido de la piscina; dos mujeres, una más joven que la otra, con niños pequeños. Era lo normal en un país sajón. Allí, para bajarse del ómnibus se espera llegar a la parada. Ningún pasajero cae encima del otro, como en el sur. No me sentí vulnerable. Sentí que se respetaba mis derechos.
 Hace días leí en Facebook una discusión a partir del pedido que hacía un anuncio feminista a los hombres de no cederle el asiento a las mujeres. Le enseñaba a los hombres que “El acto de ceder el lugar a una mujer que no es anciana, ni está embarazada, revela que inconscientemente creemos que la mujer se cansa más que el hombre por su naturaleza inferior. No es un acto de caballerosidad”. Freud hubiera celebrado esa directa revelación del inconsciente; pero estoy segura de que él también se levantaba de la silla ante una mujer y quizás hasta ayudaba a sus pacientes a quitarse el abrigo. Pero el lente feminista parece evidenciar de manera sorprendente los implícitos.
Me sorprende que las jóvenes disfruten quedarse paradas mientras los machos miran sus celulares o duermen en el ómnibus. Ellos llegarán descansados a su casa para mirar el partido de fútbol mientras ellas, apuraditas, hacen la comida, o les ceban el mate y se sentirán más fuertes que nunca.
Los manuales, incluso los más modernos, piden que se ceda el puesto a las mujeres, los niños y los ancianos: edades extremas y sexo, o simplemente ancianos asexuados e inservibles, según los implícitos de arriba.
En las enseñanzas feministas, a mi modo de ver equivocadas, como la que cito,  se olvida que todavía hoy el sentarse es un símbolo de dominación. El gobernante se sienta, y lo hace también el huésped de un restaurant mientras el que sirve se mantiene de pie. El trono y la silla presidencial están diseñados para que el mandatario esté sentado. Tomar asiento es un privilegio. Por ello el empleado espera a que el jefe lo invite a sentarse. En los eventos públicos, los asientos más caros son los que permiten sentarse. Los asientos de pie son más baratos. Elegir el asiento está reservado a la persona de mayor nivel. Es por ello que cederle el asiento a una “dama” (con todas las connotaciones) se considera una amabilidad, no porque sea débil sino porque, en ese juego que es la cortesía, la mujer es superior al hombre. De ahí que sea a ella también a quien se le presente el extraño, en el saludo, antes que a su marido. Es de buena educación ofrecerle el asiento al invitado, a una persona de estatus social más alto, o a una persona vulnerable. Esto último no daña ni al que lo cede, ni al que lo acepta. En mi opinión, hay un contrato social que tiende a la preservación de la armonía.  La desigualdad de género es una omisión en la aplicación del contrato social. Desestima la igualdad ante la ley, donde solo nos diferenciamos por nuestros talentos y virtudes.
El poder no es solo el que da la fuerza bruta o el dinero. También hay formas de poder que provienen de la educación, de las relaciones sociales, y del prestigio adquirido por nuestro hacer. En la distinción, a lo Bourdieu, cabemos los que trabajamos con la palabra, los creadores, los artistas; pero también los chefs, los chocolatiers, los ebanistas, los inventores, los criadores de caballos de carrera, o de reses de campeonato.
Me pregunto entonces: ¿hay que cederle el poder al más fuerte porque puede estar más cansado? ¿Y si está más cansado, qué hizo para estarlo? Las mujeres traemos niños al mundo, y cuando no, tenemos las dolencias de la luna. Ellos no. Yo sonrío agradecida si me dan el asiento porque entiendo que lo merezco. También requiero que me lleven las bolsas del mercado, porque mis senos y mi mayor propensión a la osteoporosis que me da la dicha de ser mujer, me lo reclaman.
En Big breasts and wide hips, Mo Yan narra cómo en China a las hermanas del varón las mandan a trabajar, incluso en los burdeles, mientras su hermano se alimenta de la leche de la única cabra de la familia. En algunos países todavía las matan a pedradas y las obligan a esconderse bajo un velo, para no mencionar las ablaciones de que son objeto.
 La situación de las mujeres en occidente no llega, posiblemente, a esos niveles. Sin embargo, en muchos países de este lado del mundo todavía las mujeres no ganan lo mismo que los hombres. Tampoco se les concede un tiempo de recuperación después del nacimiento de sus hijos. Pensar en un año de permiso maternal es todavía un deseo incumplido.
 Todavía no están extendidos los robots que hagan las labores del hogar que representan una carga para las mujeres, a falta de parejas masculinas “liberadas”, que a mi modo de ver no llegarán a ser “lo natural”, como decían mis abuelas. No niego que hay labores que, si se hacen con placer, son buenas para el espíritu.
Todavía no hay lugar para todos en los ómnibus, ni éstos llegan en hora, ni con frecuencia. Sus conductores (hombres o mujeres) todavía no se detienen suavemente en las veredas para que no tropecemos al bajar. Cuando llegue ese día, quizás, sienta que el jovencito o el ejecutivo no deban levantar la mirada de su teléfono celular y cederme su puesto.
Mientras tanto, creo que las mujeres estamos negociando mal. Al fin y al cabo, la cortesía es también parte del contrato social. Si no exijo que me cedan el lugar porque soy mujer, estoy cediendo antes de tiempo también esa prerrogativa, antes de recibir lo que todavía no se me ha otorgado: la igualdad de los derechos civiles para toda la población.

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