lunes, 16 de abril de 2018

De regalos

El regalo es un don, algo que se le da a otro para testimoniar un nexo, celebrar algo, darle gusto a quien lo recibe. Los regalos forman parte de nuestros rituales cotidianos. Pertenecen a los  cumpleaños y a las festividades. También se dan en ocasiones más comunes, como las visitas o  como agradecimiento por algo que lo amerite.
Un regalo supone la voluntad de darlo, pero también la de recibirlo. En  teoría,  el don es el  acercamiento del otro que el receptor permite, con agrado. Es la celebración del otro a través de algo simbólico. También enaltece la imagen de quien regala. El ramo de rosas gusta a la mujer y hace quedar bien al hombre que se las ofrece.
El regalo mismo debe ser adecuado en cuanto a sus características. Cuando se regala algo hay que pensar en la persona que lo recibe, en sus gustos. Si la persona lee, es adecuado regalarle un libro. ¿Cuál? Uno que se adecue a sus preferencias de lectura. A una lectora de literatura no le podemos regalar una novelita rosa;  la  de libros de detectives seguramente ya habrá leído a Agatha Christie, aunque quizás no la última novela negra sueca.  Si la persona no lee ni  escribe nada es inútil regalarle ni bolígrafos ni cuadernos de notas.
Siempre son regalos adecuados las flores y los bombones.
Un problema es el costo del regalo. Si bien vale un pequeño esfuerzo de nuestra parte comprar un regalo, éste no debe ser excesivamente caro, ni valer sólo por lo que cuesta. Regalar algo original comprado en un viaje, o un recuerdo del país de origen de quien regala, o alguna artesanía original genera interés. Una estampa, o un grabado son regalos apropiados porque indican que la persona se ha tomado el trabajo de pensar el regalo.
Un regalo costoso se convierte en un problema para su receptor. Que un esposo millonario quiera regalarle un collar a la esposa, es apropiado siempre y cuando ella lo reciba con gusto. Un regalo caro tiende a entenderse como una compra encubierta, por lo que no todo el mundo debe ni quiere recibirlo.
Cuando daba clases en la universidad, recibí un regalo que me encantó: era un bolso pequeño de cuero estilo mochila. Lo acepté con gusto. Luego vinieron otros obsequios de quesos artesanales, que no costaban demasiado. Pero un día me ofrecieron algo que no podía aceptar porque el precio y el volumen del regalo eran excesivos y  lo rechacé.  Era un cargamento de langostinos que costaba una fortuna. Esto causó un desagrado en la persona oferente, pero en algún momento había que detener la lluvia de regalos. Era algo que no correspondía aceptar.  Además, habría tenido que organizar una boda para comerlos.
En otra oportunidad, un alumno cuya tesis festejábamos me ofreció, en el almuerzo al que me había invitado, un fajo de billetes que superaban mi sueldo mensual. Lo rechacé amablemente y le pedí que le comprara libros a sus hijos; sabía que hacía un enorme esfuerzo por darme dinero, pero era inapropiado porque era un pago. Aún si los profesores universitarios no cobramos nada adicional por tutorar una tesis, no es correcto recibir nada que supere una mera atención.
Además, cuando recibimos un regalo mayor de lo que permitirían nuestras posibilidades retribuirlo, se nos pone en una situación de minusvalía. En estas  ocasiones, el regalo ofende. Carreño decía que los dones a las personas de servicio se hacían a través de los niños, para que pasaran desapercibidos.
Otra variable lo constituyen las personas involucradas en el regalo. Los regalos entre pares no tienen mayor dificultad, sobre todo si se trata de amigos. Lo que vale es la solidaridad entre la persona que regala y quien recibe el regalo.  Se complica el asunto cuando ambos están en posiciones de poder diferentes.
El jefe puede regalarle algo a la secretaría siempre que no exceda un costo adecuado. Puede ser un recuerdo de viaje, o unos bombones. Si trae perfumes a todas las secretarias de la oficina, bien. Si es a una sola, puede levantar suspicacias innecesarias.  El subordinado, en cambio,  no debería darle regalos al jefe salvo que no sea un dulce o un pastel hecho en casa. Se puede interpretar fácilmente como un soborno y crear conflictos. Es suficiente con que el empleado haga bien su trabajo.
La oportunidad del regalo es también importante. No corresponde a una alumna darle un perfume caro a su tutora mientras la está ayudando con su tesis. Una  colonia común es aceptable, pero no un perfume de Dior, aunque sea fantástico y llore por no poderlo recibir. Sobre todo, no mientras el proceso de aprendizaje esté inconcluso . Si después que termine y estén festejando en grupo, llega la cajita de perfume, está bien recibirla. Ya no hay ofensa posible. Pero no puede recibirla como  pago de cada hora de atención.
El tiempo histórico cuenta. En una ocasión recibí un regalo de alguien que había sido amigo, pero que ahora pertenecía a campos políticos diferentes. Para mi fue como para una judía en un campo de concentración recibir el regalo de un oficial de la SS. Lo mandó con alguien que viajaba,  a pesar de mi renuencia y de las protestas que le hice a todos los intermediarios.
Afortunadamente cuando lo recibí estaba en un café rodeada de gente.  Dada las circunstancias, los presentes  y la pobre emisaria que había venido del frío, soporté la afrenta como una cachetada.  Hubiera sido regalo perfecto si hubiera habido coherencia. Era adecuado a la persona, correspondía a mis gustos (de hecho, eran mis bombones preferidos), no ocupaba espacio, no sobrepasaba el valor de un obsequio. Estaba de acuerdo con las buenas costumbres,  pero no al contexto de horror que nos rodeaba. Era tan exquisito y a la vez tan simple que  lo ofrecí a los presentes. Estaban fascinados, pues en el país esos dulces ya no se veían. Se los comieron todos y me alegré. Para ese momento, yo  ya pisaba el terreno de la desobediencia civil.
Con el regalo dejamos que el otro entre en nuestro territorio. Es algo que aceptamos tener en nuestra casa. No siempre nos sentimos cómodos recibiendo el regalo de alguien.  Si bien los manuales dicen que hay que aceptar los regalos, se refieren a casos en que no hay ofensa posible. Si el regalo es pobre pero hecho con buena intención, no hay excusa.
Si el regalo es un objeto que no es de nuestro estilo, no hay más remedio que aceptarlo y agradecerlo sonrientes. El perro siempre nos puede hacer el favor de tirarlo al piso. Si es el buzo tejido por la abuelita,  el gato puede hacer su trabajo.
Pero no siempre es así. En mi opinión es nuestra libertad decidir si queremos aceptarlo, si nos parece apropiado, y si nos causa placer.

(La imagen es de @pexelsPhotos)


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