miércoles, 4 de abril de 2018

De los muertos solo lo bueno


El 31 de diciembre de 2012, los venezolanos leímos un tuit de Simón Alberto Consalvi, conocido político, historiador y periodista, que nos llamó a reflexión: “Es hora de guardar silencio”. Muchos interpretamos que se trataba de la noticia de la muerte de Hugo Chávez. El mensaje nos decía a los entendidos que no se podía hablar mal del mandatario, a quienes muchos adversamos, porque acababa de fallecer. En realidad, la noticia de su muerte se dio a conocer más de dos meses después de ese momento de silencio.
Hace unos días falleció José Antonio Abreu, un director de orquesta venezolano. Los medios digitales estuvieron llenos  de alabanzas pero también de críticas sobre el personaje desde el momento de su muerte.  Es posible que la velocidad de la noticia digital contribuya a modificar las costumbres. En efecto, una semana después, y posiblemente antes de que yo lo viera,  ya Wikipedia publicaba la fecha de su muerte.
¿Por qué sorprende el apresuramiento de las opiniones en este caso? Porque hay una norma social que dice que no se habla mal de los difuntos.  Se cree que proviene de la antigua sentencia romana “De mortius nihil nisi bonum” ‘de los muertos nada sino lo bueno’ del  espartano Chilón o Quilón (600 años AC), registrado por el historiador romano Diógenes Laercio.  En el caso de Chávez, la recomendación era pertinente no solo por respeto, sino por temor a la persecución por parte del régimen, aunque Mark Steyn, un defensor canadiense de los derechos humanos, sostiene que la sentencia no aplica en el caso de los políticos. 
La prevención parece venir también de creencias, religiosas o supersticiosas, de que el alma no se despega de la tierra tan rápidamente, y que debemos callar para que ésta pueda alejarse de los vivos y descansar en paz. Así se explica el ritual popular venezolano que lleva a los deudos a cambiar de sitio los muebles de la casa, para que el difunto pierda la orientación y se vaya al más allá.
Hay pocas referencias en los tratados de cortesía en cuanto a la norma de silencio sobre los difuntos. Apenas se dice que en los entierros se debe hablar en voz baja, al menos cerca de la urna o de los familiares.
Para Freud, la consideración hacia los muertos nos hace suspender la crítica y hablar bien de ellos. “La consideración al muerto —que para nada la necesita— está para nosotros por encima de la verdad, y para la mayoría de nosotros, seguramente también por encima de la consideración a los vivos” (Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte). 
Anthony Trollope pone en boca de un arcediano que la consideración hacia el difunto es un “proverbio fundado en la charlatanería que solo necesita seguirse en público” (The last chronicle of Barset, mi traducción).
Porque después viene la historia. La historia empieza cuando la persona fallece, porque “ya es historia”, o “la historia lo absolverá” y más acertadamente porque como dijo Robespierre,   “la muerte es el comienzo de la inmortalidad”. Y con la historia viene la crítica. A estas alturas es difícil encontrar quien abiertamente hable bien de Hitler. A Cristóbal Colón se conoce como héroe, o como villano capitalista, según la tendencia política de quien opine. Eva Perón es también un personaje contradictorio, a pesar de los esfuerzos cinematográficos de Madonna.
 ¿Qué hacer? En mi opinión, en las inmediaciones físicas de tiempo y espacio del acontecimiento de la muerte de un ser humano es oportuno a seguir a Consalvi, y a su antecesor, Quilón: es momento de guardar silencio. No bien se entre en la historia, nadie se salvará del elogio o de la crítica. Y ella depende...de la conexión a Internet.



No hay comentarios:

Publicar un comentario

Dignas, pero de pie

El ómnibus se detuvo cuando nos vio caminando apresuradamente; no podíamos correr. Todavía estábamos lejos. Mi hija empujaba el cochecito d...