martes, 10 de abril de 2018

El saludo o "Why does he ask you how?"

Camino por el parque, de noche, hacia casa. Veo desde lejos la silueta de un hombre. Me asusto un poco, pero lo miro y  digo:— “Buenas noches”. Él me retorna el saludo. Me doy cuenta de que he actuado por un instinto ancestral. Quería estar segura de que no era un enemigo y de no iba a atacarme.
El saludo era la señal de paz entre dos personas. Era la bandera blanca en la guerra, el ¡Howgh! de los indígenas en las películas de John Wayne cuando se acerca en "La gran jornada" usando  la señal indígena / the indian sign, para que dejen pasar a los colonos. O cuando los niños perdidos de Peter Pan preguntan “What makes the red man red, why does he ask you how?” / ¿Qué hace rojo al hombre rojo?, ¿por qué te pregunta cómo?
En los libros de etiqueta no se saluda a todo el mundo. Mi gesto ante el desconocido fue totalmente inapropiado. Las damas (sin especificar si se trata de casadas o solteras)  no deben siquiera saludar con inclinación de cabeza  a alguien que hubieran conversado o con quien hubieran bailado en una fiesta en casa de amigos, y que no les hubiera sido expresamente presentado, porque no se considera como parte de sus conocidos.
Solo cuando hay una presentación formal, en la que el presentador  ha evaluado previamente si el presentado es digno de serlo, se puede saludar en el próximo encuentro. Muchos años después entiendo por qué, cuando comíamos con amigas en la cafetería de una universidad americana y conversábamos con alguien, podíamos encontrar a esa persona en las caminerías al día siguiente y no nos miraba siquiera. Al parecer una  charla amigable no era suficiente para considerarse conocidos.
Saludos hay de estilos distintos. Los hay  formales: todavía hoy en ciertos círculos diplomáticos se conoce el besamanos, es decir, el beso del caballero al dorso de la mano de la dama,  o la  reverencia en la iglesia en señal de respeto, o la de los actores en el teatro y del músico en el concierto, para agradecer los aplausos del público. En Japón y Corea la reverencia es la forma de saludo habitual, y se usa incluso entre miembros de la familia.
Levantar la visera de los yelmos era  señal de que los señores feudales querían conversar; levantar el sombrero los caballeros ante las damas, una señal de respeto. Por la vecindad del sombrero con la cabeza, significaba poco más o menos que quitarse la cabeza ante el otro. También valía tocar levemente el borde del sombrero, pero esto no se consideraba muy cortés.
Degradación del saludo del imperio romano con el brazo extendido, a veces en ángulo, era el tieso saludo fascista que se hacía con el brazo extendido hacia adelante.
Un saludo apropiado mundialmente es la  simple inclinación de cabeza, cuando se reconoce a alguien en el mismo salón, o el estrechar la mano del otro en el encuentro político o empresarial. Este es el más difundido en occidente. No lo es, sin embargo, atravesar planeando el salón para saludar a alguien que está del otro lado del mismo: lo exagerado no va.  La etiqueta empresarial exige que se practique el apretón de manos, de modo de no hacerlo ni rompehuesos, ni tan suave que transmita poca energía, como si la mano fuera un flan.
También  hay  besos.  Desde el beso en la boca de los rusos, o en la mejilla, o la simulación de este con un simple “cheek to cheek”, muy expandido cuando quienes saludan son mujeres, o se saluda a una mujer. En el sur de Latinoamérica, el beso, acompañado de un abrazo a la cabeza del otro, o de una palmada en la espalda, es un saludo masculino.  Está muy expandido desde hace algunos años, aunque la vieja generación lo reduce a un saludo de los nietos a los abuelos, o de los hijos a los padres. Mi madre, cuando vieja, me decía: ¡A mi nunca me habían besado tanto!
En Caracas se conoce la simple palmada en la espalda, con mucho menos encuentro de piel. Lo recuerdo entre los mayores de la familia. Daba la impresión que era apenas un leve toque desabrido, porque tampoco se permitían efusividades mayores. En los Andes venezolanos, en cambio, me reprochaban no saludar con abrazos. El cheek to cheek no era suficiente.
Hay saludos secretos, como los masones, que le revelan al otro (y gracias a la fotografía, también a los observadores) el nivel del saludante. Entre los adolescentes se practican asimismo saludos gregarios. Juan, mi nieto, me ha enseñado varios muy complicados. Imitar los saludos de los jóvenes puede llevar a malentendidos. César, mi sobrino, entró una vez a casa y lo recibí con el saludo de moda: “¿Qué fue, qué pasó?”. Asustado me respondió “¡Nada tía, está todo bien!”.
Los gestos de saludo varían en todo el mundo. Desde sacar la lengua en el Tibet, levantar una ceja en Micronesia, tocarse la propia cabeza con los nudillos de la persona mayor mientras uno se arrodilla como señal de cortesía en Filipinas, o chocar los puños en los Estados Unidos son maneras de reconocer y aceptar la presencia del otro.
El saludo indica pertenencia al grupo y por ello es una muestra de identidad. De ahí que por disgustos o separaciones “se le quita el saludo a alguien”, indicando que ya no forma parte del grupo de  las amistades. Esto puede ser molesto para la pareja del enojado, porque tiene que decidir si comparte el enojo y pierde al amigo, o  sigue saludando... y pierde al marido.




No hay comentarios:

Publicar un comentario

Macron: ni de merengue, ni con almendras

El 17 de junio pasado, en una ceremonia con motivo del 78 aniversario del mensaje de De Gaulle a los franceses para que resistieran ante los...