sábado, 17 de marzo de 2018

El extraño y el territorio: cucaracha en baile de gallinas


Hace unos días me invitaron a la reunión de una universidad montevideana  “para conocerme”, con la posibilidad de dar algunas clases. Llegamos temprano y mi amiga, con su savoir faire de diplomática de profesión,  me presentó a dos jerarcas, un hombre y una mujer. Estaban parados en el patio, fuera del local que algunos jóvenes miembros del equipo arreglaban con gran esmero: un entorno de empresa moderna, con after-office-happy-hour muy bien surtido. 
 Mi amiga me presentó y los anfitriones balbucearon un “muy interesante”. Eso era, posiblemente. Yo tenía el pelo corto,  unas canas más que los presentes (ninguno de esos estilos se usa en el entorno) y tenía un acento extraño. Después del fugaz saludo y al irse mi amiga a cumplir con un breve compromiso, los anfitriones se esfumaron. El de más alta jerarquía se fue a sentar adentro en un cómodo sofá. 
Me dejaron parada afuera. Apelé al celular para que me hiciera compañía. Los que llegaban se encerraban en barreras defensivas y me miraban de reojo. Conversé por algunos minutos con un chico alerta y agradable, pero los demás seguían mirándome, perplejos.
  Al fin,  decidí hacer lo que recomiendan los manuales para empresarios: presentarse y “meterse” en el grupo. Lo hice y funcionó: las mujeres que conversaban en un grupo,  por cierto todas del interior del país, fueron amables y acogedoras. Salvé el rato. Cuando regresó mi amiga, yo estaba hablando animadamente, haciendo equilibrio en una silla de bar de una de las mesitas de adentro.
No se trata de clases sociales. A menudo, en Uruguay, percibo a la gente más sencilla como más amistosa. Los  del interior parecen más cosmopolitas, mientras que los de la capital son tímidos y recelosos;  “montunos”, como dicen en mi tierra. En las reuniones, la gente se precipita a saludar con un beso violento y rápido, y sale a refugiarse en la valla de su grupo.  Lo mismo lo veo en la calle, entre los jóvenes. Se saludan bruscamente y corren, sin detenerse ni un momento a hablar entre ellos. Como si siempre tuvieran entre manos algo importantísimo.
Recordé una reunión en Austin, hace algunos años, a donde fui con mi marido, también sin conocer a nadie. Desde que llegamos, la gente se nos acercó y nos separaron con amenas charlas. Las señoras se turnaban en acercarse a mi;  parecían interesadísimas en mi profesión, mi proveniencia, mi familia, mis planes de futuro. Comimos y bebimos juntas. La noche se me hizo cortísima y muy divertida. Nunca había estado en una fiesta entre gente extraña donde me hubiera sentido tan a gusto. No supe en toda la noche con quién, ni de qué, ni cómo hablaba mi marido. Habló hasta por los codos, en su —para el momento— pobre inglés. Salió encantado.
En otra ocasión,  en Chicago, fuimos parte de un casamiento. Tampoco conocíamos a nadie: la familia nos estaba siendo presentada por primera vez. En un segundo estábamos haciendo origamis (que yo nunca había hecho) y hablábamos  con  los presentes. Al día siguiente, en la boda, se nos acercaban los jóvenes a preguntarnos qué hacíamos en nuestro país, qué nos parecía el lugar —Promontory Point en el Parque Burnham—, la ciudad, o el hermoso lago Michigan. Nos acogieron en su grupo.
Es natural que en las reuniones sociales la gente que se conoce quiera estar junta, porque hace tiempo que no se han visto, porque quieren continuar con el chisme de la mañana, porque se sienten más cómodos entre ellos y porque es un reto interactuar con extraños. Sin embargo, socialmente, al extraño se le acoge. Los manuales de cortesía indican que el anfitrión debe estar pendiente de que sus invitados encuentren compañía. Deben hablar con ellos y luego encargar a otra persona de su confianza a que los integre a la reunión. En general, cualquiera de los miembros del grupo puede hacerlo.
Por otra parte, cuando se llega a un lugar donde no se conoce a nadie, hay que perder la timidez e insertarse lo más rápidamente. No queda otra que presentarse, diciendo el nombre y ocupación,  la empresa a la que se pertenece,  mencionando el interés de la reunión, o hablando del tiempo.  Nunca de religión o política, claro está.
Las reuniones son ocasiones para romper, momentáneamente, las barreras territoriales. El esfuerzo de integrar al extraño debe venir de parte de los anfitriones. El de la casa acoge al visitante. Pero a la vez, y sobre todo en caso de que esto no ocurra, el visitante debe procurar insertarse en el grupo. De lo contrario, fracasará en su cometido, y se sentirá como cucaracha en baile de gallina.


La imagen fue tomada de la Clase del Señor Gallardo.
http://srgallardosclass.weebly.com/spanish-3.html




No hay comentarios:

Publicar un comentario

Macron: ni de merengue, ni con almendras

El 17 de junio pasado, en una ceremonia con motivo del 78 aniversario del mensaje de De Gaulle a los franceses para que resistieran ante los...