domingo, 25 de marzo de 2018

Tiempo de oro


El tiempo es oro, dicen por ahí, y pensamos en un rey Midas a la moderna. Pero el tiempo es sobre todo la forma como transcurren nuestras vidas. 
El tiempo es parte de eso que he llamado la territorialidad. Es el espacio y el tiempo de la divinidad, el templo y el momento de oración o de recogimiento que le debemos. En lo cotidiano, es el espacio personal y el tiempo que le dedicamos a estar despiertos, a trabajar a comer, a dormir y a distraernos.
En la visita, como  ritual de acercamiento ,se invade el territorio: el espacio y el tiempo del otro. El tiempo de las visitas varía: las visitas médicas tienen fama de ser cortas; las visitas de cortesía pueden durar una hora o menos; las visitas en casa de amigos son más largas, pero no deberían extenderse tanto como para que se importune a los miembros de la casa, a menos que se nos invite expresamente a ir de excursión o pasar un día de campo, o porque las costumbres del lugar así lo determinen.
El tiempo humano empieza y termina, y se divide en lapsos. El respeto de esos lapsos, el cuidado en hacer las cosas a tiempo es la puntualidad,  algo que los latinoamericanos no tenemos muy en cuenta. En los países germanos y sajones, ser impuntual es una falta imperdonable de cortesía.
En una de mis visitas a Alemania, me buscaba para cenar en el hotel de la pequeña ciudad renana, un reconocido profesor, unos cuantos años mayor que yo. Yo estaba pendiente de la cita y bajaba corriendo por la escalera de madera justo a la hora en que habíamos quedado, pero me daba cuenta de que él siempre estaba parado afuera, esperándome. Empecé a bajar cinco minutos antes, pero no había caso: siempre estaba allí. Un día bajé diez minutos antes y me le adelanté. ¡Me pidió disculpas por su retraso!
En otra ocasión fui a dar un curso de varios meses y me acompañó mi marido. Las autoridades de la universidad nos invitaron a participar los martes al mediodía en su almuerzo semanal (Stammtisch). Nos sentimos muy honrados, porque con ello nos acogían en la comunidad académica y, sobre todo, en el grupo de amigos, a pesar de que no éramos de allí. Nosotros estábamos alojados en el edificio de la universidad que quedaba al lado del hotel. Llegábamos siempre unos minutos pasada la hora y siempre los encontrábamos a todos sentados, esperándonos para ordenar. Un día decidimos llegar antes de las 12:00. Pasó lo mismo que con mi amigo el profesor:  uno a uno se disculpaba al llegar por “su tardanza”.
En cambio, en Venezuela el tiempo no parece ser un valor. Parece pecaminoso llegar puntualmente a una fiesta. La broma general es que, si llega a la hora, se encontrará a la señora en bata de casa y con rulos en la cabeza.
Si la invitación es a un “sancocho” (una sopa de varias carnes y distintas verduras y la ocasión en la que se sirve), o a una parrilla (un asado), el tiempo se hace eterno. Recuerdo cuando se nos invitó a un sancocho, en Mérida, para que conociéramos a un amigo polaco que se integraba a una familia merideña. Por recomendación de mi padre diplomático,  siempre comía antes de cualquier invitación, por lo que yo había almorzado, pero el polaco no. Cuando a las 3 ó 4 de la tarde le sirvieron el famoso sancocho, exclamó con tristeza: “¡Pero si era  una sopa!”. ¡No podía creer que había pasado el día esperando solo eso!
A mi me ocurría a menudo cuando me invitaban a almorzar en familia. Llegaba puntualmente y con hambre. Eso se veía mal, peor aún porque  los preparativos para la comida no habían siquiera empezado al mediodía. El almuerzo se servía en la tarde. Entendí con el tiempo que la invitación era en realidad  para estar juntos, ayudar en la elaboración de las comidas y tomarse unas copas mientras se cocinaba. Aprendí también a seguir la regla de papá (comer antes) y no llegar a la hora.
Lamentablemente, eso no funciona en la vida cotidiana, mucho menos en la vida laboral, donde la puntualidad es esencial. Se llega puntualmente, incluso antes, a las citas médicas y  a las reuniones de trabajo. 
Es necesario además cumplir con los plazos establecidos: cuando se entrega un escrito para su publicación, cuando se entregan las notas de un curso, cuando se entrega un presupuesto y, mucho más importante, cuando se paga a los empleados y obreros.
He oído quejas repetidas de personas a quien el jefe no les paga porque tiene que cumplir con las cuotas de las joyas de su mujer. Los empleados vienen después.  Siempre pienso que el señor puso el dinero a producir, con lo cual le ocasiona al empleado retrasos en los pagos de su casa o de sus facturas. No solo es poco cortés, es inmoral.
El tiempo es oro porque el respeto del territorio del otro es esencial para la vida en sociedad.




lunes, 19 de marzo de 2018

Pacto social y cortesía

La cortesía forma parte del pacto social. Los seres humanos se reúnen en sociedad para protegerse contra los peligros de la naturaleza. Podría decirse que el pacto social es la expresión de lo humano frente a lo animal, de lo racional frente a lo instintivo. En cada grupo se establece un orden que regula la jerarquía, los territorios, las costumbres, las creencias y las formas de trato. El pacto social se lleva a cabo a partir del lenguaje, el instrumento humano por excelencia.
Se me pregunta por qué se debilita la cortesía en Venezuela. A mi modo de ver, esto se relaciona con el debilitamiento del pacto social. Para este debilitamiento hay dos razones posibles: la primera, es la defensa de la propia vida  a la que se ha visto obligado el individuo; la segunda es la des-institucionalización que ha sufrido la nación.
En primer lugar,  la  evidente situación de desamparo creada por los peligros que acechan a la persona la hacen alejarse de lo humano. El hambre, la falta de medicinas, la delincuencia, lo llevan a reaccionar no desde la razón, sino desde los instintos. Vuelve a la animalidad más básica, la defensa de lo propio con las garras y los dientes. Si estoy peleando por un paquete de arroz porque tengo tres hijos hambrientos, o si llevo todo el día esperando por diez mil bolívares que no compran ni un cartón de huevos, es muy comprensible que deje de usar las formas corteses de tratamiento. Si me faltan medicinas y no las consigo en la farmacia, además de una gran depresión, me acompaña quizás una gran furia que debilita mi contención. Es posible que no deje pasar adelante a la señora mayor que está detrás de mi, porque quiero llegar primero a comprar el último paquete de aspirinas. El pacto social se desdibuja.
En segundo lugar, el  debilitamiento de las instituciones, que son la expresión más elevada del pacto social, trae consigo un regreso hacia lo básico, lo presocial. A mi modo de ver, esto se observa en Venezuela. Este debilitamiento se ve en lo siguiente:
i) Por una parte, en los cambios visibles que han sufrido las instituciones del estado.  Se le cambió el nombre al país; se modificó la constitución; el congreso nacional se permutó en asamblea y se suprimió el senado; se modificaron los llamados símbolos de la patria, agregándosele una estrella, que no se entiende bien de dónde salió, a la bandera masónica de Miranda, la de las siete provincias; se cambió radicalmente el escudo nacional, se modificó la territorialidad de las dependencias que forman el estado venezolano.
La imagen de los miembros del gobierno también ha sufrido modificaciones. El traje formal tradicional de los gobernantes se sustituye por el uniforme militar, que  a su vez se desvirtúa porque lo usan los civiles; o bien se emplean imitaciones del traje de otros países y de otras épocas,  como es el traje a lo Joseph Stalin que se ve con frecuencia en las alocuciones presidenciales; o simplemente se sustituye por cualquier vestimenta de color rojo del partido único de gobierno.
ii) Con la duplicación de las instituciones tradicionales, posiblemente en tránsito hacia su sustitución:  el ejército se duplicó en los llamados colectivos, que están armados, y que se dice están allí para defender a la patria;  la asamblea nacional de 1998 se duplicó con una asamblea constituyente que ejerce, entre otras, las funciones de la primera; e) la moneda nacional tiene valores diferentes según quién la posea: la compra de divisas es distinta según el comprador.
Todos estos procesos llevan a mi modo de ver a un debilitamiento del pacto social porque el ciudadano común no sabe dónde está parado, a cuál de estos sub-estados pertenece. Con ello se debilitan también las convenciones en el trato entre los ciudadanos que cada vez más dejan de serlo, porque no son miembros de una república sino de un todo amorfo, y por ello caótico, difícil de definir. Es comprensible que las formas de trato social de la ciudadanía sufran también estos cambios.
iii) El  discurso oficial se ha vuelto menos cuidado y más violento. El insulto ha pasado a formar parte del repertorio habitual de actos de habla, el léxico malsonante puebla el discurso gubernamental. Los títulos de los escritos, programas televisivos o páginas web de los representantes del partido de gobierno expresan violencia: Aporrea, Con el mazo dando, La hojilla.
Estos cambios influyen posiblemente en el instrumento más elemental para la formación de la sociedad como es el lenguaje, su más básico medio de expresión y relacionamiento. La  cortesía es una forma de contención  a favor de la libertad, que solo puede darse en una sociedad ordenada.
¿Cómo se restablecen las buenas maneras? Al restablecer  la república. Al crear un entorno donde el ciudadano se sienta confiado y seguro y pueda dedicarse a crear, estudiar, trabajar, crecer, cuidar a su familia, a reunirse con los amigos, a tener una vida normal y civilizada.  Las buenas costumbres son una forma de militancia por la libertad. Pero no de la libertad natural, la del bruto que domina por la fuerza, sino de la libertad civil, fruto del pacto social. La igualdad es el resultado de la convención, por lo cual el respeto del otro es mi contención a favor de nuestro funcionamiento en sociedad.




sábado, 17 de marzo de 2018

El extraño y el territorio: cucaracha en baile de gallinas


Hace unos días me invitaron a la reunión de una universidad montevideana  “para conocerme”, con la posibilidad de dar algunas clases. Llegamos temprano y mi amiga, con su savoir faire de diplomática de profesión,  me presentó a dos jerarcas, un hombre y una mujer. Estaban parados en el patio, fuera del local que algunos jóvenes miembros del equipo arreglaban con gran esmero: un entorno de empresa moderna, con after-office-happy-hour muy bien surtido. 
 Mi amiga me presentó y los anfitriones balbucearon un “muy interesante”. Eso era, posiblemente. Yo tenía el pelo corto,  unas canas más que los presentes (ninguno de esos estilos se usa en el entorno) y tenía un acento extraño. Después del fugaz saludo y al irse mi amiga a cumplir con un breve compromiso, los anfitriones se esfumaron. El de más alta jerarquía se fue a sentar adentro en un cómodo sofá. 
Me dejaron parada afuera. Apelé al celular para que me hiciera compañía. Los que llegaban se encerraban en barreras defensivas y me miraban de reojo. Conversé por algunos minutos con un chico alerta y agradable, pero los demás seguían mirándome, perplejos.
  Al fin,  decidí hacer lo que recomiendan los manuales para empresarios: presentarse y “meterse” en el grupo. Lo hice y funcionó: las mujeres que conversaban en un grupo,  por cierto todas del interior del país, fueron amables y acogedoras. Salvé el rato. Cuando regresó mi amiga, yo estaba hablando animadamente, haciendo equilibrio en una silla de bar de una de las mesitas de adentro.
No se trata de clases sociales. A menudo, en Uruguay, percibo a la gente más sencilla como más amistosa. Los  del interior parecen más cosmopolitas, mientras que los de la capital son tímidos y recelosos;  “montunos”, como dicen en mi tierra. En las reuniones, la gente se precipita a saludar con un beso violento y rápido, y sale a refugiarse en la valla de su grupo.  Lo mismo lo veo en la calle, entre los jóvenes. Se saludan bruscamente y corren, sin detenerse ni un momento a hablar entre ellos. Como si siempre tuvieran entre manos algo importantísimo.
Recordé una reunión en Austin, hace algunos años, a donde fui con mi marido, también sin conocer a nadie. Desde que llegamos, la gente se nos acercó y nos separaron con amenas charlas. Las señoras se turnaban en acercarse a mi;  parecían interesadísimas en mi profesión, mi proveniencia, mi familia, mis planes de futuro. Comimos y bebimos juntas. La noche se me hizo cortísima y muy divertida. Nunca había estado en una fiesta entre gente extraña donde me hubiera sentido tan a gusto. No supe en toda la noche con quién, ni de qué, ni cómo hablaba mi marido. Habló hasta por los codos, en su —para el momento— pobre inglés. Salió encantado.
En otra ocasión,  en Chicago, fuimos parte de un casamiento. Tampoco conocíamos a nadie: la familia nos estaba siendo presentada por primera vez. En un segundo estábamos haciendo origamis (que yo nunca había hecho) y hablábamos  con  los presentes. Al día siguiente, en la boda, se nos acercaban los jóvenes a preguntarnos qué hacíamos en nuestro país, qué nos parecía el lugar —Promontory Point en el Parque Burnham—, la ciudad, o el hermoso lago Michigan. Nos acogieron en su grupo.
Es natural que en las reuniones sociales la gente que se conoce quiera estar junta, porque hace tiempo que no se han visto, porque quieren continuar con el chisme de la mañana, porque se sienten más cómodos entre ellos y porque es un reto interactuar con extraños. Sin embargo, socialmente, al extraño se le acoge. Los manuales de cortesía indican que el anfitrión debe estar pendiente de que sus invitados encuentren compañía. Deben hablar con ellos y luego encargar a otra persona de su confianza a que los integre a la reunión. En general, cualquiera de los miembros del grupo puede hacerlo.
Por otra parte, cuando se llega a un lugar donde no se conoce a nadie, hay que perder la timidez e insertarse lo más rápidamente. No queda otra que presentarse, diciendo el nombre y ocupación,  la empresa a la que se pertenece,  mencionando el interés de la reunión, o hablando del tiempo.  Nunca de religión o política, claro está.
Las reuniones son ocasiones para romper, momentáneamente, las barreras territoriales. El esfuerzo de integrar al extraño debe venir de parte de los anfitriones. El de la casa acoge al visitante. Pero a la vez, y sobre todo en caso de que esto no ocurra, el visitante debe procurar insertarse en el grupo. De lo contrario, fracasará en su cometido, y se sentirá como cucaracha en baile de gallina.


La imagen fue tomada de la Clase del Señor Gallardo.
http://srgallardosclass.weebly.com/spanish-3.html




domingo, 11 de marzo de 2018

El territorio

La imagen es de National Geographic España

Si la imagen es sagrada, como dice Durkheim en Formas elementales de la vida religiosa, también lo es su territorio, su templo. La entrada al templo está regulada por ciertas rutinas, como quitarnos el sombrero, el velo en la cabeza, la inclinación hacia la divinidad, el silencio respetuoso. Del mismo modo hay reglas para entrar en el templo privado.
La visita es una intromisión en el espacio privado. Este espacio puede ser la casa, el apartamento, la oficina o el cubículo. Es una intrusión también en el tiempo, porque de rigor debemos dedicarle a la visita nuestra atención y nuestro tiempo desde que llega hasta que se va.
El visitante debe anunciarse por cualquier medio a su disposición: teléfono, email, mensaje de texto. Elemental es esperar una respuesta favorable de que la persona a cargo del espacio visitado está dispuesto a recibirnos.
Hay regiones en las que la visita de la persona de confianza, léase familia o amigo íntimo, no requiere de anuncio, como en los Andes venezolanos. Sin embargo, se trata de esos amigos-hermanos cuya presencia no es una complicación, sino una ayuda. En el Páramo, por ejemplo, los visitantes llevan pan dulce, unos huevos, o leche fresca a las casas que los reciben a diario. Otras visitas más extendidas requieren de un “tiempo sagrado”, como el de la Semana Santa, o la Navidad.
Carreño proponía horarios de visita: después de las cinco de la tarde, la familia podía suponer que iban a llegar los visitantes y debía vestirse para ello.  En la mañana, la casa estaba dedicada a la limpieza, la preparación de las comidas, las compras, etc.
En estos tiempos, los horarios han perdido su nitidez, porque también se han diluído en gran medida los límites entre el lugar de trabajo y el hogar. Los teletrabajadores necesitan su espacio y su tiempo para lograr completar sus tareas. Esto ocurrió siempre con las casas donde se hace vida académica. Los profesores trabajan los fines de semana  en preparar sus cursos, de modo que el respeto al tiempo y al espacio privados son de rigor.
La visita es una intrusión limitada. Por ello es recomendable no quedarse demasiado tiempo, a menos que hayamos sido invitados a ello de antemano. Si se llega poco antes de la hora de las comidas, se pone al dueño de casa en el aprieto de tener que invitar a comer al visitante, lo cual a veces le significa un sacrificio y  le entorpece su rutina. No proponga esas horas de visita, a menos que el dueño de casa lo invite expresamente a almorzar, o cenar, o merendar. En Francia se acostumbra incluso a invitar al aperitivo de antes de la comida, con lo cual se sobreentiende que usted debe irse al finalizar este obsequio.
También hay restricciones con respecto al espacio. Las casas de habitación y los apartamentos tienen una sala dedicada a las visitas. Las oficinas ofrecen sillas a los visitantes, quienes nunca ocuparán el sillón del escritorio. La intimidad permite llegar a la cocina, si se es invitado a ello. Entrar a los dormitorios es cuestión delicada, puesto que es el lugar más íntimo de la persona. La estrechez de espacios de la modernidad hace que los niños tengan en el dormitorio su lugar de juego, por lo que sus amigos son bienvenidos.
La visita inoportuna puede encontrarse o con una mala cara, o con una escoba detrás de la puerta; incluso podrán ver en la puerta una figurita de San Silvestre. En todo caso, hay que hacerle entender cortés pero firmemente al visitante, que su presencia no es bienvenida y que debe respetar las reglas de los rituales sociales de la comunidad.



lunes, 5 de marzo de 2018

¿Quién soy?

Johnny Depp en Alicia en el país de las maravillas, 
imagen de confirmado.com.ve


"Quien soy" no pretende ser en este blog una pregunta religiosa, ni moralista. Según Colleen Atwood, quien vistió a Johnny Depp en “Alicia en el país de las maravillas”,  el vestido, el pelo y el maquillaje pueden decirte instantáneamente, o al menos darte una percepción más amplia, de quién es el personaje que tienes por delante. Por eso es esencial cuidar la imagen en el trato con los demás.

Ahora bien, ¿podemos seguir siendo nosotros mismos y al mismo tiempo meternos en el traje de la profesión, y además estar a la  moda?  Los fashionistas dicen que sí.

Timm Gunn, sostiene en su libro que no pretende cambiarnos sino realzarnos, enaltecernos, acentuando los aspectos positivos y mitigando los negativos. “Usted es quien es por una razón” (You are who you are for a reason) (Timm Gunn y Kate Moloney; Tim Gunn : A Guide to Quality, Taste & Style).

Nina García, por su parte,  exclama “Cada vez que veo una mujer con la cartera “it” [la de los grandes modistos] no la envidio, la compadezco, pobrecita. Acaba de gastar diez  grandes para verse como una  /snob/ sifrina/ pituca. (Every time I see a woman with the “it bag” du jour I do not envy her; I pity her, the poor thing. She just dropped ten grand to look like a wannabe (Nina García: The Little Black Book of Style).

De modo que parece claro: debemos crear y mantener un estilo propio que nos favorezca. Ello se puede conseguir en siete pasos:

1. Vaciar el ropero.- Hay que probarse todo, delante de un gran espejo y, de ser posible, con la mejor amiga, o el mejor amigo. Hay que sacar todo lo que está dañado, lo que nos quede apretado, o nos haga ver como la tía Filomena, o el abuelo Hermenegildo.

2. Ir con la  ocasión.- Hay que preguntarse ¿qué hago normalmente? ¿trabajo en una oficina tradicional? ¿tengo que representar a mi empresa en eventos? ¿voy a fiestas con los amigos? Necesito naturalmente ropa para todas esas ocasiones. El peinado —y el maquillaje para las mujeres—debe estar en consonancia con el atuendo.

3. Tener un uniforme.- Como no podemos darnos el lujo comprar la tienda entera, lo cual tampoco sería eficiente, Gunn recomienda tener un “uniforme”. Él lo tiene: si ven sus fotos recientes en Nueva York, se viste normalmente de negro: tiene bluyines, franelas/remeras, camisas, trajes, etc., del mismo color. Según afirma, su guardarropa le permite tener unas cinco “pintas”  distintas. Carolina Herrera es famosa por sus camisas blancas, que se pone en las más variadas ocasiones. Son un recurso fantástico para verse bien vestido, tanto en la oficina como después del trabajo.

4. Armonizar el color.- El guardarropa debe estar compuesto por elementos intercambiables. La uniformidad del color  permite tener piezas que combinen las unas con las otras. Eso es importante si tenemos que salir rápidamente en la mañana, o si queremos vestirnos tranquilamente para la fiesta. Nos facilita elegir la ropa.

5. Recordar nuestra edad.- El vestuario debe armonizar con los años. Ni los jóvenes se ven bien vestidos como sus abuelos, ni los abuelos como sus nietos.

6. Mirar  nuestra talla.-Una necesidad al comprar es probarse la ropa: las tallas varían según el país donde se confeccionan. ¿No nos hemos sentido frustrados en Zara cuando la talla que usamos normalmente no nos sirve? La ropa es muchas veces hecha en China, y allí la gente es más pequeña, en otros lugares es más grande.  Sobre todo, hay que verse en el espejo y mirar si nos queda bien de hombros, si la manga está en su lugar, si el largo es el apropiado. Es inútil comprarse un talle de ropa en el quisiéramos caber, si realmente no entramos en él. Lo contrario es también válido. Los gorditos no tenemos que vestirnos con un saco de papas. La ropa entallada nos hacer ver más delgados. Hay que subrayar, sin embargo, que lo que vale es sentirnos y vernos bien. Cuidado con pensar que el tamaño de la ropa que usamos es más importante que nuestra salud.

7. Exaltar el  detalle.- Sobre todo, conviene mostrar nuestra personalidad. Los accesorios transforman la ropa, de modo que el uniforme se vuelven irreconocible. Nina García recomienda tener algunas piezas que sintamos como nuestras: el collar de la abuela, el broche de mamá y, ¿por qué no? la cartera “It” que heredamos de la tía. Además, recomienda tener algún objeto “vintage” (imitación de lo antiguo) y un anillo vistoso que no solo haga que el atuendo parezca único, sino que sirva para iniciar una conversación a la hora del coctel, o en la fiesta de la oficina. Los caballeros pueden jugar con la corbata, siempre que no sea de Mickey Mouse.

Por todo lo anterior, la pregunta sobre quién soy, qué me gusta, y qué hago normalmente es una buena manera de empezar para construir un buen vestuario, con ropa que nos quede bien, y que nos permita ser eficientes a la hora de vestir.





Macron: ni de merengue, ni con almendras

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