viernes, 23 de febrero de 2018

¡Por supuesto, limpios!

Cuando entré en el mercado de Bahía sentí un olor delicioso. Era el jabón de coco con el que se bañan los bahianos.

Los manuales de cortesía suelen referirse en sus primeras páginas a la higiene. Manuel Antonio Carreño y su sucesora venezolana, Marisela Guevara, se detienen en detalles que, por penosos, resultan difíciles de tratar. En resumen, la persona debe ser limpia y cuidada.
Imagen de Pinterest
Recuerdo cuando desde el aeropuerto de Caracas llamaron a la embajada de un viajero europeo para notificarle  que el pasajero no podía abordar el vuelo si no se bañaba y  cambiaba de ropa. Lo vinieron a buscar en auto diplomático para obligarlo a asearse.

Robin Meyer sostiene que en el siglo XVII la gente evitaba sonreír en los retratos porque temían hacer una morisqueta. ¡Todos sabemos lo difícil que es mantener un sonrisa sin que se deforme mientras arreglan el lente de la cámara! Se temía asimismo a la historia: Mark Twain dice en una de sus cartas, citada por Meyer, que una fotografía era un documento importante, y no hay nada peor que entrar en la posteridad con una tonta y estúpida sonrisa eternizada para siempre.

Pero se debía sobre todo al estado de los dientes. Madeleine Schwartz escribe en The Globe (enero 18 de 2013) que la sonrisa en los cuadros antes del siglo XVIII estaba reservada a los pobres, indecentes, o enfermos mentales. Sólo el siglo XVIII, con los progresos de la higiene dental, surgió  una revolución de la sonrisa, porque hasta entonces no había sino dientes malogrados o encías desprovistas de dentadura.

Dejar en la oficina un kit —o llevarlo en la cartera—para limpiarse los dientes y refrescarse un poco, es una buena costumbre. La visita anual al dentista es esencial. El buen estado de la dentadura  forma parte de los logros de nuestra civilización.

Nina García le da gran importancia al cuidado de las manos y los pies,  y no solo en tiempo de verano cuando se usan sandalias. ¿Quién no se quita los zapatos en casa para sentarse en la alfombra?

Si el mejor amigo de Nina García es su sastre, el mío es mi peluquero. El peluquero puede precisamente adecuar el peinado a la personalidad, pero también a la función de la persona en sociedad y... a la edad.

Cuando se es joven todo está permitido, pero cuando veo melenas de color mostaza bamboleándose en la calle, las paso, y  miro de reojo  y me sorprende una cara envejecida, recuerdo a aquel cuento merideño donde un joven sigue por la  noche a una bella aparición en una calle cercada por garbancillo —una florecita típica de los Andes venezolanos— y de repente, dice,  —“¡la mujer se voltea y me pela aquellos dientes tan horribles!” Era la muerte que lo seducía hacia el cementerio de la Plaza de Belén.

La armonía es esencial, armonía de la apariencia con la edad, con la personalidad de cada uno, con la actividad diaria. Adecuar mi apariencia a lo que soy, a menos que estemos en carnaval.

Para alguien que trabaja, o cuida nietos, es de gran ayuda tener un buen corte de pelo, uno que facilite la higiene de la vida diaria y también la invitación inesperada para ir a una función de cine,  de teatro o a una fiesta.  Los caballeros también merecen una pasadita, una vez al mes o un poco más, por la peluquería —ahora son casi todas unisex, lo que las hace mucho más divertidas. ¿Barbas mal cuidadas? Nunca pero, sobre todo, que huelan bien.

Higía era entre los griegos la diosa de la curación, pero también de la limpieza, porque se relacionaban estos ámbitos. En el mundo  actual, la higiene personal es una obligación, también  como regla elemental  de cortesía. Respeto hacia uno mismo y hacia los demás.






6 comentarios:

  1. Curioso e interesante los relatos de la higiene; y lo tan importante que son hoy en día! Siempre debe ser así. Aunque algunos no logran aceptarlo, la vista y el olfato son fundamentales a la hora de llamar la atención, bien sea en lo personal o en lo laboral.

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    1. El olfato va cambiando, me imagino. Los olores que para otras épocas resultaban comunes, hoy se nos presentan como insoportables. La industria (de los cosméticos y jabones) tiene quizás algo que ver con eso.

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  3. Pues con esto de la higiene uno toca un tema delicado. Yo podría contar muchas anécdotas...Yo sufro mucho por causa de mi súper-olfato, característica de algunas mujeres de mi familia (mi madre y mi hija, por ejemplo) y un hombre especial (mi hermano) quien de hecho cultiva su olfato con fines profesionales (es, entre otras cosas experto en cacao). En líneas generales estoy totalmente de acuerdo contigo. Los venezolanos somos muy limpios, en general. Pero no se enfatiza SUFICIENTEMENTE la importancia de la higiene en los hombres... ¿Se supone que tienen licencia para matar con las armas químicas de su olor? Recuerdo una vez que mi madre (la del súper olfato) y yo fuimos a un concierto de Serenata Guayanesa en el Aula Magna de la ULA de Mérida. Pues cuatro filas delante de nosotras había un alemán (yo lo conozco) sentado que difundía sus mortales efluvios por toda la sala. Yo estaba preocupada por mi madre. Ella era capaz de irse a casa con tal de no aguantar aquel concierto (de violín)... Menos mal que pudimos cambiar de sitio y disfrutar el resto de la noche. Mi pregunta es ¿qué derecho tenía esta persona a incursionar de esa manera tan violenta en una cultura que aprecia la higiene personal? Pero, por otro lado, hay gente que se rehúsa, por principio, al uso de desodorantes... ¿qué hacemos con ellos? Y la gente que cree que ser limpio es bañarse de perfume e invadirte con su elección particular de perfume? Eso es también una invasión territorial...Hay mucha tela qué cortar con este tema.

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  4. Lo entiendo. Yo también tengo un súper-olfato, como mi padre. Por eso me encantó "El perfume" de Süskind. Hace años me bajé de un tranvía en Ginebra porque no soportaba el olor a ajo después del almuerzo. El invierno es tiempo de naftalina y ropa sucia. Lo sufro más por el olor que por el frío.

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