martes, 20 de febrero de 2018

La apariencia y el “milieu”


Imagen de sisoydealli.blogspot.com

¿Cuántas veces nos hemos repetido que no importa el vestido de la mona? No me proponía hablar de la apariencia porque, cuando me cambio los jeans con franela/remera por la blusa de seda de mi antepasada Lucy, es señal de algo especial: concierto o reunión de amigos. ¡Ni qué hablar del traje a lo Hillary o  del vestido negro de Melania! Estoy jubilada y eso me ha apartado de la ropa más formal. Ya no formo parte del mercado.

Sin embargo hace días leí la recomendación de una expat venezolana, en un blog para los buscadores de trabajo en Uruguay, donde le recomendaba a los compatriotas no presentarse en jeans ni siquiera a dejar el curriculum
¡porque lo tiraban inmediatamente a la papelera! Decidí entonces dedicarle algunas entradas del blog al problema de la ropa.

¿Por qué es la apariencia un tema en un blog como éste? Pues porque en la forma como nos presentamos ante los demás también les damos una señal de la consideración y el respeto que les tenemos. Me arreglo para recibir a mis amigos para manifestar que me alegro por su visita.

Para incursionar en el asunto quiero distinguir tres elementos esenciales: ¿Qué estás haciendo?¿Quién eres y con quién hablas? y  ¿Cómo te presentas? Todos ellos están interrelacionados: la modificación de uno lleva a la modificación de los demás. Aquí hablo sobre el primero, en próximas entradas me referiré a los demás.

¿Qué estás haciendo? es  en otras palabras  la situación en la que te encuentras. Para el fashionista neoyorquino Tim Gunn, es el “mileu”, el ‘medio’. ¿Estás en tu casa, en la calle, en casa de amigos, vas de compras? ¿Estás en el trabajo, en una reunión? ¿Estás en una fiesta o en una ocasión formal como un funeral? ¿Vives en Nueva York, en Montevideo, en Cumaná?

Es evidente que cada una de estas circunstancias cambia la manera como nos vestimos. Si estás en la casa o en casa de amigos o en la calle, de compras, estás vestido de manera cómoda, probablemente  en jeans o equivalente. Carreño pedía que, aún en la casa, se usara ropa limpia y en buen estado. Gunn advierte que ¡a casa siempre pueden llegar los bomberos inadvertidamente! Hace poco me contaron que un amigo había llegado a cenar en casa de su padre en bermudas y ojotas. La esposa le tenía una fiesta de cumpleaños sorpresa!

Si estás en el trabajo, el vestido es más formal. En una ocasión, siendo secretaria en la embajada de mi país, recibí una llamada del embajador  para que lo acompañara a almorzar al Club de Golf con una persona importante. Le pedí que me permitiera ir a casa a cambiarme. Me dijo severamente: —“Está bien, pero recuerde: siempre tiene que estar vestida como si fuera a almorzar al Club de Golf”.

Otra vez me avisaron que tenía que suplir en una cena a un invitado que se había excusado a última hora; me dijeron que era “informal” y me lo creí. Me sentí muy incómoda porque no entendí en ese momento que  “informal” en la residencia de una embajada con el presidente del Banco Mundial, como el amigo del embajador de invitado, no es lo mismo que “informal” para tomarme un café con mis amigas. Estaba en una embajada, claro está, y los requerimientos no son iguales en la diplomacia que en la oficina de un contador, pues el estilo de la compañía determina también las costumbres del vestido.

La ciudad donde vives determina también la forma de presentarse. Nueva York y París siempre han sido determinantes en cuestiones de moda y tienen cada una su estilo. Otras ciudades, más pequeñas o más rurales, tienen otras formas de vestirse. Hay que mirar un poco a nuestro alrededor. En Montevideo desaconsejan a los inmigrantes usar ropa demasiado colorida porque puede herir las sensibilidades locales.

Las costumbres del vestido  forman parte del orden que rige en sociedad.  Surgen de la necesidad que tenemos los humanos de no tener que reinventar cada día la manera de cubrirnos,  para poder dedicarnos a cosas más importantes —a lo que hacemos en el trabajo, para lo que nos pagan, por ejemplo—. El vestido se vuelve relevante solo cuando no se corresponde con las expectativas que se tienen sobre él. Si es adecuado, pasa desapercibido. Si no, causa un conflicto: como dirían los jóvenes, es una raya, un queme.








8 comentarios:

  1. Respuestas
    1. ¡Fino!, el tema, como suelen decir los jóvenes cuando algo cuadra con sus expectativas. El tratamiento, hermoso, de respeto y valoración de lo que se expone, muy peligroso por adentrarse en el reino de lo privado, del gusto, de las creencias, de las ignorancias, del irrespeto, de lo que se cree ser. Siempre he buscado la manera de hacer llegar a los demás mis discursos relativos a esta materia y aquí en el blog de Alexandra encuentro el ¡Fino!, lo ideal para acometerlo. Gracias, por la intrusión tan buena.

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    2. Es una intrusión. En un blog como este, tengo que ser un poco intrusa.

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  2. Mi madre fue una huérfana de madre y fue criada por sus abuelos maternos, en los que su abuela, mi bisabuela, fue una dama elegante que usaba "traje sastre" y tacones altos desde la mañana. Solía vestirse por temor a los terremotos, muy especialmente para la noche y se maquillaba ligeramente. No quiso nunca dejarse ver sin estar "arreglada". En todas las fotografías que quedaron de ella puede observarse su delicado cuidado en su vestuario. Igual, mi madre, siempre "arreglada" y de peluquería y mis hermanas: al menor aviso de "visitas" salen "disparadas" a arreglarse. Carolina Herrera en una entrevista alguna vez, dijo que había nacido entre mujeres que siempre fueron cuidadosas en el vestir. No es solo asunto de damas sino de caballeros también: crecí en Macuto, lugar de "temperamento" en el que señores como don Angel Alamo Ibarra, el doctor Neptalí Prieto y don Pedro Ledezma, por ejemplo, andaban siempre en trajes de lino blanco, o beige y los domingos en misa, de sombrero. Yo solía acompañarlos porque admiraba su elegancia sencilla y campechana. Perdimos la gracia campechana, dice Teresa de la Parra en LAS MEMORIAS DE MAMA BLANCA, y concluye en que nos quedó el énfasis, como castigo.

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  3. Me encanta tu comentario. En casa uno no podría sentarse a la mesa sin "empolvarse la nariz". Creo que es una linda costumbre. Carreño decía
    que el vestido de casa debía estar limpio y en buenas condiciones. Realmente
    no veo por qué solo "arreglarse" cuando uno va a salir , y con ello condenar a los pobres maridos y otros cohabitantes a vivir con Mrs. Sloppy.

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  4. ¡Que buena respuesta para mí, Alexandra! Gracias. Siempre quise comentar sobre las damas, las más jóvenes generalmente, muy ocupadas en maquillarse mientras viajan a sus destinos: claro, lo hacen para llegar "bien presentadas". Lo que me preocupa es que van a sitios en donde no se les aprecia tanto como aprecian ellas a quienes van a encontrar: jefes ordinarios, mujeriegos, etc., etc. Lo peor, que cuando regresan a casa van muy cansadas y destruidas, y sin preocuparse de su apariencia para el marido amante que las espera, o la gente que las ama. Es como si fuera "claridad de la calle y oscuridad de la casa". Aunque sé que esto se aplica más al afecto, aquí, espero que se entienda para la apariencia personal (el tema que plantea el blog: la apariencia y el entorno).

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    1. Siempre he pensado que no hay excusa para andar desarreglado en la casa. Acabo de leer las recomendaciones de un blog de teletrabajo. La primera recomendación es, aunque esté en su casa, vístase.

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