sábado, 10 de febrero de 2018

De gordos y de flacos

Mi abuelo Luis Felipe era el hombre más buenmozo de Caracas. Mi abuela Henriqueta decía que sus amigas la visitaban solo para verlo. Era ingeniero civil. De Panamá, cuando fue a trabajar en el canal, se trajo la malaria. Un día, un conocido se lo encuentra caminando y le dice: ¡Qué flaco está, qué mal se ve, Muro!  A lo que mi abuelo le responde: ¡Y yo que nunca le había dicho a usted que era tuerto, Fulano!
Imagen de lainformacióncom

Recuerdo siempre esta anécdota de mi abuela cuando pienso en el  territorio personal. Me lo imagino como un aura que nos pertenece y que está vedado traspasar.

Los atributos físicos son propios y no deberían estar sujetos a comentarios, ni favorables, ni desfavorables. Emily Post, la decana de las buenas maneras neoyorquinas del siglo pasado, recomendaba que no se alabara siquiera el vestido de una señorita, a menos que la emisora fuera muy vieja —Mrs. Wordly, o Mrs. Toplofty, sus personajes— o  una amiga íntima.

En una ocasión, en los Andes venezolanos, mi amiga-hermana comentó en casa, delante de una joven conocida de mi hijo, que la nevera (heladera) necesitaba reposición, porque dado que la cocina era abierta, se veía desde la sala. Tanta razón tenía que la cambié en cuanto pude. Pero la joven salió despavorida a comentarle a mi hijo: “¡Yo creía que la señora era amiga de tu mamá! porque para ella, me había ofendido.

Efectivamente, mi amiga había entrado a mi territorio personal, el de mi vivienda y mis pertenencias. Lo que la joven no conocía era la intimidad que nos daban tantos años de amistad, de confidencias, y de complicidad. El territorio privado se desdibuja ante una relación entrañable.

Para los demás solo queda el respeto, como si el hombre fuera, como ya lo dijo Durkheim, una divinidad. Solo con su permiso se puede entrar al territorio sagrado.

Desde que Emily Post publicó  su libro de etiqueta en 1922, se han relajado las costumbres. Hoy en día nadie se incomodaría si se le alaba su vestido, si no le preguntan,  claro está, ni dónde lo compró, ni a qué precio. Un halago es bien recibido si se hace con buena intención.

Una crítica sólo se hace en privado, y con ánimo de ayudar al prójimo.

Mi abuelo murió poco después. Para mi, fue también el hombre más valiente y más cómico de la época. Liberó a los presos políticos de La Guaira. También les sirvió pastel de iguana a sus amigos, diciéndoles que era de pollo. Lo querían matar.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Dignas, pero de pie

El ómnibus se detuvo cuando nos vio caminando apresuradamente; no podíamos correr. Todavía estábamos lejos. Mi hija empujaba el cochecito d...